Entrega de bodas
A la pareja se le entrega JPG, no RAW. El estándar profesional es JPG en sRGB, a resolución completa y con calidad alta, más una versión reducida para compartir en redes. Los archivos en bruto son tu material de trabajo: no forman parte del servicio salvo pacto expreso y con precio aparte.
Aquí tienes qué diferencia real hay entre los dos formatos, qué está pidiendo de verdad una pareja cuando dice "los originales", en qué casos sí tiene sentido entregar RAW, cómo exportar los JPG de la entrega y qué línea conviene tener escrita en el contrato antes de que llegue la conversación.
Actualizado: agosto 2026
Un RAW es el volcado de lo que registró el sensor, sin revelar: sin balance de blancos aplicado, sin contraste, sin recorte, y en un formato propietario de cada marca (.CR3 en Canon, .NEF en Nikon, .ARW en Sony, .RAF en Fujifilm). Un JPG es una imagen ya revelada y comprimida, de 8 bits por canal, que abre cualquier dispositivo sin instalar nada.
La diferencia práctica es el margen y el peso. Un RAW guarda entre 12 y 14 bits por canal, así que aguanta recuperar altas luces y corregir dominantes; un JPG ya ha tomado esas decisiones y las ha fijado. En una boda cada RAW pesa entre 25 y 60 MB según la cámara, y cada JPG exportado a resolución completa, entre 5 y 15 MB.
Esa diferencia de peso explica media conversación. Setecientas fotos en JPG rondan los 7 GB y viajan por un enlace sin drama; los archivos en bruto de esa misma boda, contando descartes, se van a decenas de gigas.
Cuando una pareja pide "los originales" casi nunca está pidiendo RAW: está pidiendo las fotos sin reducir, las que sirven para imprimir grande y para guardar en su disco. Es un problema de vocabulario, no de expectativas. Pregunta qué quiere hacer con ellas y la conversación se cierra en un minuto.
A los estudios que atendemos les llega esa petición casi siempre por tres motivos, y ninguno necesita un archivo en bruto:
El único perfil que pide RAW a sabiendas es quien va a revelar por su cuenta o quien tiene otro profesional detrás. Si la respuesta a "¿para qué los quieres?" es "para retocarlas yo", ya no estás en una duda de formato: estás en una conversación sobre autoría y sobre precio, y conviene tenerla despacio.
El RAW es tu negativo digital. Lo que entregas es el trabajo terminado: encuadre, revelado y selección. Entregar los archivos sin revelar es entregar el proceso en lugar del resultado, y el resultado es lo que te contrataron.
Hay además un motivo de reputación. Un RAW revelado por otra persona sigue llevando tu nombre: quien vea esa foto plana, con dominantes o con un recorte que tú nunca habrías hecho, no distingue entre tu toma y el revelado ajeno. Tu estilo es la mitad del encargo y vive en esa fase.
Y hay uno práctico, el que más discusiones ahorra: la mayoría de parejas no puede abrir un RAW. Lo intentan en el móvil, no funciona, prueban en un portátil sin revelador y acaban escribiéndote para que se los conviertas. Has entregado más y has quedado peor.
En vídeo el criterio es el mismo. Lo que se entrega es la pieza montada y etalonada, en un máster y en una versión ligera para compartir, no las tarjetas ni el material grabado en LOG, que sin corregir se ve lavado y no representa tu trabajo.
Hay tres situaciones en las que entregar archivos en bruto es lo razonable, y en las tres hay un profesional al otro lado: un editor externo que va a revelar la boda por ti, un segundo fotógrafo que te pasa su material, y un cliente comercial —una finca, una marca, una revista— con su propio flujo de posproducción.
En esos casos el RAW no es una concesión, es un entregable con su precio, su plazo y sus condiciones de uso. Lo que no funciona es regalarlo caso por caso: en cuanto una pareja se lo cuenta a otra, deja de ser una excepción y pasa a ser lo que incluye tu servicio.
Si decides ofrecerlo a particulares, entrega la selección revelable, no el día entero con descartes, ráfagas y pruebas de luz. Y deja claro por escrito que el revelado ajeno no se publica asociado a tu nombre ni a tu estudio.
Exporta en sRGB, a resolución completa y con calidad alta, 90 o más en la escala de la mayoría de reveladores. El sRGB es el punto donde coinciden navegadores, móviles y laboratorios: un Adobe RGB entregado a una pareja se ve apagado en cuanto lo sube a redes, y ese apagado te lo van a atribuir a ti.
Conviene que la pareja tenga dos tamaños a mano: el completo para imprimir y archivar, y uno reducido —lado largo en torno a 2.048 píxeles— para compartir sin esperas. No hace falta exportar y subir dos veces: en Revea la descarga deja elegir entre calidad original y versión web, y el ZIP se prepara en segundo plano con aviso por email cuando está listo.
Antes de publicar, revisa dos detalles que pasan desapercibidos. Los metadatos de cámara no molestan a nadie, pero la geolocalización de una casa particular sí conviene quitarla. Y no apliques enfoque de salida agresivo pensando en la pantalla: lo que se ve bien en un móvil aparece crujiente en una copia de 40 centímetros.
Una línea en el contrato resuelve el 90% del problema: la entrega consiste en un número mínimo de fotografías editadas en formato JPG a resolución completa, y los archivos en bruto no forman parte del servicio. Escrito antes de la boda es una condición; explicado el día de la entrega parece una excusa.
Si además vendes los archivos en bruto, dilo en el mismo sitio, con su precio y su condición de uso. En Revea el contrato lo subes en PDF —el tuyo, el que te haya preparado tu asesoría—, colocas los campos encima y los dos novios firman en paralelo desde el móvil, así que ese acuerdo queda cerrado el día de la reserva y no dos semanas después.
Para la entrega en sí, separa los caminos. La galería es para lo que la pareja mira, enseña y descarga: fotos en JPG y el vídeo reproduciéndose dentro, sin que nadie tenga que bajar nada. Los archivos en bruto van por un envío aparte, sin límite de tamaño y con caducidad; si activas el pago previo, el destinatario paga antes de poder descargar y el importe llega directo a tu cuenta de Stripe, sin comisión de Revea.
Antes de discutir formatos, averigua el uso: imprimir, archivar, redes o retocar. Los tres primeros se resuelven con JPG y el cuarto es otra conversación.
Resolución completa, calidad 90 o superior, sin enfoque de salida agresivo. Es el archivo que va a imprimir un laboratorio dentro de diez años.
Sube la selección organizada por escenas y deja que el cliente elija entre calidad original y versión web al descargar. El vídeo, arriba y reproduciéndose.
Envío independiente, con caducidad y, si lo has vendido, con pago previo a la descarga. Nunca mezclados con la galería que ve la familia.
No, salvo pacto expreso. El estándar profesional es entregar la selección editada en JPG a resolución completa. Los RAW son material de trabajo, el equivalente al negativo, y no forman parte del servicio a menos que se hayan vendido aparte y se haya dejado por escrito en el contrato.
JPG en espacio de color sRGB, a resolución completa y con calidad alta (90 o superior). Conviene añadir una versión reducida, de unos 2.048 píxeles de lado largo, para que la pareja comparta en redes sin esperas. Ese par de tamaños cubre imprimir, archivar y publicar.
Pregunta primero para qué los quiere. Casi siempre está pidiendo las fotos sin reducir, no los archivos sin revelar. Si de verdad quiere revelarlas por su cuenta, trátalo como un entregable aparte, con precio y condiciones de uso, y remítete a la cláusula del contrato.
Cada RAW pesa entre 25 y 60 MB según la cámara, así que una boda de 2.000 a 3.000 disparos ocupa entre 50 y 150 GB. La misma boda entregada en JPG a resolución completa se queda en unos pocos gigas, que es la razón por la que un envío de brutos necesita herramienta específica.
Sí. Es un entregable adicional y puedes ponerle precio, igual que a una hora extra de cobertura. Deja el importe y las condiciones de uso en el contrato, entrega solo la selección revelable y usa un envío que exija el pago antes de la descarga para no perseguir transferencias.
A calidad alta, la pérdida no es visible ni en pantalla ni en una copia impresa. Lo que se pierde es margen de edición: el JPG ya lleva el revelado aplicado, así que corregir una dominante fuerte o recuperar unas altas luces quemadas deja de ser posible. Para el uso del cliente, ninguna diferencia.
Mismo criterio que en foto: se entrega la pieza montada y etalonada, en un máster y en una versión ligera. El material en bruto y las grabaciones en LOG solo salen cuando hay otro profesional detrás —un editor, una productora— y con las condiciones pactadas por escrito.
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